“La revolución se hace del aula”: Chilean teachers on working conditions, strikes and feminist education

Editor’s Note: Young Teachers Collective welcomes reflections from across the globe that are rooted in local experience. This is second part of Derecho en Toma, Daniel Bergerson’s series about a student movement that is reclaiming the right to education in Chile. An English translation follows the Spanish-language transcription. 

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“Anti-sexist education.” Photo: Daniel Bergerson, 2016.

“La revolución se hace del aula”: Profesoras chilenas sobre condiciones laborales, paros, y educación feminista

Isidora Romero, 26, y Jennifer Gutierrez, 26, tuvieron el papel de las profesoras comunistas, feministas, y veganas en un una obra de teatro realizada para sus estudiantes del colegio. También es el rol que ellas desempeñan en la vida real. Durante los años 90, ellas fueron algunas de las primeras nacidas durante la transición a la democracia después la dictadura militar de Augusto Pinochet. En 2006, ellas fueron los protagonistas del movimiento de estudiantes secundarios en protesta de uno de los sistemas escolares más privatizado y segregado en el mundo. En 2011, ellas participaron como estudiantes universitarios en un movimiento social masivo para la gratuidad en la educación superior y una nueva constitución nacional.

Ahora Isidora y Jennifer están siguiendo la lucha en la escuela, pero esta vez como profesoras. En los dos años anteriores, ellas han experimentado condiciones laborales imposibles, políticas anti-sindicales, y culpar a la víctima. A pesar de esto, ellas están incitando un debate sobre las políticas escolares, alentando estudiantes a organizarse, y generalmente construyendo los bases por una revolución en el colegio. Daniel Bergerson, un estudiante de pedagogía y editor de Young Teachers Collective, habló con Isidora y Jennifer y tradujo la entrevista.

Daniel Bergerson: ¿Cómo está la carrera docente en Chile? 

Jennifer Gutierrez: En Chile se echa mucha de la culpa al profesor de que la educación este como este, pero de una o otra forma nadie se hace cargo de lo que está atrás. Me estás pidiendo que sea una profesora de excelencia. ¿Dónde están las herramientas para que yo me puedo hacer cargo de la diversidad? ¿Dónde está el tiempo para que yo puedo planificar actividades y clases que puedan abarcar las distintas formas de aprender? ¿Dónde está mi contrato que diga que yo no voy a ser vulnerado por exigir mis derechos? Las políticas educacionales se toman en una esfera donde el cuerpo docente no influye. En Chile discuten de pedagogía ingenieros. Miran al profesor como un ejecutor.

Isidora Romero: Como un especie de robot que mágicamente conoce a todos sus estudiantes y conoce a todas sus intereses, sus problemas, sus necesidades.

DB: ¿Cómo los profesores están resistiendo a tales políticas educacionales? 

IR: El año pasado, los profesores del país de todos los colegios municipales y de algunos particulares se fueron a paro. Fue largo en invierno donde pararon como dos meses.

JG: Que se exigía en ese momento fue mejorar básicamente las condiciones laborales. Se exigía un cambio en la proporción de horas electivas con las no electivas porque hay profesores que tienen 2 horas para planificar de 44 en la semana. Se exigía un cambio en cuanto a los alumnos por sala. Tener 2 horas para planificar y tener curso de 46 alumnos afecta tu práctica pedagógica. Estaban pidiendo una mejora en los sueldos porque hay profesores trabajando 44 horas y ganando 500 luka. Se estaba exigiendo que se cambia el método de evaluación docente porque es una evaluación estandarizada donde tu evalúa gente que no es pedagogo.

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Foto: Daniel Bergerson, 2016.

DB: ¿Es cierto que hay un acuerdo entre la administración y sus colegas más viejas que el colegio nunca adhiere a los paros? ¿Cómo ustedes desafiaron esta norma?  

IR: Hasta el año pasado, el colegio tenía una política de que no hay paros. Fuimos nosotros que propusimos votar. Recuerdo el consejo en lo que levantamos la mano y les dijimos, “¿Vamos a votar para ver si vamos a paro?”

JG: Fue como, “¿Oye, weon, vamos a contextualizar? ¡Hay algo que está pasando! ¿Lo vamos a hablar o vamos a hacernos weones?” Desde allí, surgió la idea de, “Ah, tenemos que conversarlo. Tenemos que votar.”

IR: Estaba la directora, quién a final le echaron del liceo porque todas las malas prácticas, y dijo, “Bueno, vamos a votar. Levanta la mano los que sí quieren parar.” Recuerdo la cara que puso, memorizando nuestras caras. Éramos, no sé, quince y quince. Después ella preguntó, “¿Y los directivos pueden votar?” Yo dije, “No, el paro es de los profesores.” Pero todos los [profesores] antiguos dijeron, “Sí, directora, por favor, vote.” Ella votó no al paro y dijo, “Con estos votos ganamos y no vamos al paro.’ No hubo una votación de profesores cuando era un paro de profesores.

 JG: La excusa era que los niños pierden mucho cuando perdimos un día de clase. Personalmente, yo siento que un niño pierde más a ver que su profesor predica y no practica. Siempre les dijo, “Todas las herramientas que ustedes van a tener, tienen que utilizarlas para mejorar la sociedad, para construir positivamente su contexto.” Tener un profesor en el colegio haciendo clases el día que están todos los profesores de Chile en la calle, ¿Dónde está la coherencia en el discurso? A veces perder una clase no es una perdida propiamente tal sino una ganancia cuando hay una justificación detrás y cuando se explica al niño porque yo como profesora no estoy haciendo clases en este momento.

DB: Puesto que no pudieron participar en el paro, ¿cómo ustedes están tomando acción dentro del colegio? 

IR: Trabajando con la compañera en el tema de educación feminista. Cuando una niña se fue del colegio porque le molestaron por el tema de fotos [desnudas], dijimos, “¿Qué clase de estudiantes estamos educando?” Son capaces de molestar a alguien al punto de que se tenga que ir. Les van muy bien en las pruebas pero no tienen ninguna educación emocional.

JG: Había una imposición no explícita de censurar el hecho. El tema se habló en una reunión de profesores porque una de nosotras levantó la mano y dijo, “Oye, está pasando esto. Hablémoslo.”

IR: Les presenté a los profesores una clase que hagan todos en orientación sobre violencia escolar enfocada en violencia hacia la mujer. La idea era para dejar el tema en secreto, pero a raíz que yo levanté la mano, pudimos empezar hablar del tema.

DB: Después de discutir el feminismo y los derechos humanos en clase y en las reuniones de profesores, ¿cómo respondió el resto de la escuela?

IR: Mis colegas me dijeron, “Estuvo muy bien que habláramos en esa reflexión, ¿pero podríamos intentar hacerlo de forma menos violenta.” Parece que hablar las cosas es violenta.

JG: [Risas] Igual asumo que yo soy violenta para hablar porque mi tono de voz y forma de decir las cosas es un poco golpeado.

IR: Niñas de cuarto medio que no son mis estudiantes me acercan. “Profe, nos dijeron que usted era feminista. ¿Nos podría explicar que significa esto?” Una siempre mira hacia arriba su profesor. De esa responsabilidad hay que hacerse cargo.

JG: Hay alumnos que por sus intereses políticas se dan cuenta de que también hay profesores que tienen las mismas tendencias y van y te preguntan, “Profe, ¿iba a las protestas?”

“Sí.”

“¿Andaba tirando piedras?’

“No, chiquillos.” Para ellos es cómo saber que pueden hacer cosas de manera distinta y no como siempre les dan enseñado. Entonces los niños van a tener más ideas este año que el año pasado porque establecimos un vínculo de cercanía con ellos mucho más potente.

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Ilustración: Martha Aguirre, 2015.

DB: Para continuar el activismo del año pasado, ¿cómo ustedes como profesoras jóvenes están construyendo una cultura de lucha en sus clases y en el colegio?

IR: El año pasado nos atrevimos a poner el tema en la mesa en un contexto que éramos nuevas, inestables y con ninguna validación. Yo no podía decir con seguridad, “Yo soy una excelente profe y yo, dentro de mi capacidad, creo que lo importante a esta hora es está afuera en la calle.” A esta hora hemos demostrado que somos buenas profes, entonces tenemos más peso para poder hacer escuchar nuestra voz. En todas las reflexiones, todos los lunes, somos las que levantamos la mano y tiramos el comentario. Creo que eso va a generar frutos. Las cosas están cambiando muy lentamente, pero al menos estamos planteando pequeñas semillas en los estudiantes que en algún momento van a germinar. Van a ser la revolución en el liceo.

JG: Yo creo que de aquí a tres años más un alumno de mi jefatura va a estar liderando y proponiendo que el colegio se vaya al paro. Los cabros van a ser los que van a llevarse la batuta de la manifestación política dentro del colegio porque son niños que ya están teniendo cultura de participación ciudadana y que están teniendo consciencia de su contexto.

El año pasado simplemente cuestionamos. Este año nos vamos a dedicar a transformar. Esta nueva generación de profesores —porque de alguna o otra forma, somos una nueva generación— va a tener más peso que el año pasado. Tenemos más vínculos de amistad. Hay más redes de confianza. Van a estar empujando con nosotros.

Tenía una profe que decía, “La revolución se hace del aula.” Vaya a marchas y vuelva a clases porque tú estás educando. Es una idea que yo mantengo.

 

“La revolución se hace del aula”: Chilean teachers on working conditions, strikes, and feminist education

Isidora Romero, 26, and Jennifer Gutierrez, 26, played the part of Communist, feminist, vegan teachers in a skit performed for their high school students in Santiago, Chile. That is also their role in real life. In the 1990s, they were among the first to be born during the transition to democracy following Augusto Pinochet’s military dictatorship. In 2006, they were protagonists of the Chilean high school student movement protesting one of the most privatized and segregated school systems in the world. In 2011, they participated as university students in a massive social movement for free higher education and a new constitution.

Now Isidora and Jennifer are bringing the fight back to the schoolhouse, this time as teachers. In the past two years, they have encountered impossible working conditions, strikebreaking and victim-blaming. In spite of this, they are sparking debate on school policies, encouraging students to organize themselves and generally laying the groundwork for a revolution in the high school. Daniel Bergerson, a student teacher and editor of Young Teachers Collective, spoke with Isidora and Jennifer and translated the interview.

Daniel Bergerson: What is it like being a teacher in Chile?

Jennifer Gutierrez: In Chile, teachers are often blamed for why education is how it is, but nobody takes responsibility for what lies behind. I’m being asked to be an excellent teacher, but where are the tools allowing me to account for diversity? Where is the time to plan class activities that cover different learning styles? Where is my contract saying I will not be persecuted for demanding my rights? Educational policies are made in a sphere where teachers have no influence. In Chile, pedagogy is discussed by engineers. They see the teacher as a technician.

Isidora Romero: Like a robot that magically knows each student’s interests, problems, and needs.

DB: How are teachers fighting back?

IR: Last year, teachers in all public schools across the country and some private ones went on strike for two months. It was a long winter.

JG: In that moment, they were basically demanding to improve working conditions. There are teachers who have two hours to plan their 44-hour week. They demanded a change regarding class size. To have 46 students and only two hours of preparation affects your pedagogical practice. They were demanding a salary raise because there are teachers earning about $740 dollars per week. They were demanding to change the teacher evaluation because it was a standardized evaluation made by people who are not pedagogues.

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Photo: Daniel Bergerson, 2016.

DB: I heard there is a common understanding between your administrators and older colleagues that the high school does not participate in strikes. How did you challenge this norm?

IR: Last year, the high school effectively had a no-strike policy. It was us who proposed a vote. I remember the staff meeting in which we raised our hands and asked, “Are we going to vote to see whether or not we’ll go on strike?”

JG: It was like, “Hey, dude, are we going to ignore the context beyond our classrooms or what? Something is happening! Are we going to talk about it or act like assholes?” From there the idea surfaced, “Oh, we have to have a conversation and vote.”

IR: The principal, who eventually was fired for malpractice, said, “Okay, let’s vote. Raise your hand if you do want to strike.” I remember her memorizing our faces. We were tied 15 to 15. Then she asked, “Can the administration vote?” I said, “No, the strike is for teachers,” but the older teachers said, “Yes, please, vote.” The principal voted against the strike and said, “With these votes we win. We don’t go on strike.” It was not a vote of teachers when it was a teacher strike.

JG: The excuse was that it’s a great loss for the children when we miss a day of class. Personally, I feel that a child loses more seeing that a teacher does not practice what they preach. I always tell them, “All of the tools that you will have, you must use them to better society.” To have a teacher in class on a day when all of the teachers in Chile are in the street, where is the coherence in the discourse? Sometimes losing a class is not necessarily a loss but a gain when the reasoning behind not having class is explained to the child.

DB: Since you couldn’t participate in the strike, how are you taking action at school?

IR: I’m working with my colleague on the topic of feminist education. When a girl left the school because the other students annoyed her about some nude photos, we asked, “What kind of students are we educating?” They are capable of bothering someone to the point where she has to leave. They do very well on their tests, but they have no emotional intelligence.

JG: There was an implicit expectation to censor the fact. The matter was discussed in a teacher meeting only because one of us raised our hand and said, “Listen, this is happening. Let’s talk about it.”

IR: I offered a class on school violence against women to the teachers. The idea was to leave the story a secret, but as a result of raising my hand, we were able to talk about the issue.

DB: Once you had discussed feminism and human rights in class and staff meetings, how did the rest of the school respond?

IR: My colleagues said to me, “It’s really great for us to talk and have this reflection, but could we try to do it in a less violent way?” I guess talking about things is violent.

JG: [Laughing]. Well, I suppose that I talk a bit violently. My way of saying things is a bit hard-hitting.

IR: Twelfth-grade girls who are not my students came up to me: “Teacher, they told us that you are a feminist. Could you explain to us what that means?” One always looks up to their teacher. You have to take charge of that responsibility.

JG: Students with political interests realize that there are teachers who have the same tendencies, and they ask you, “Teacher, did you once go to the protests?”

“Yes.”

“Did you throw rocks?”

“No, kids.”

For them it is a way to learn that they can do things differently instead of how they’ve been taught. This year the children are going to have more political activity than the past year because we established a bond that is much more strong.

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“We are going to win.” Illustration: Martha Aguirre, 2015.

DB: Building on last year’s activism, how are you as young teachers building a culture of struggle in your classrooms and at the school-wide level?

IR: Last year we dared to put issues on the table in a context where we were new, unsettled and without any validation. I couldn’t say with certainty, “I am an excellent teacher and I, in my capacity, believe that the important thing at this moment is to be out in the street.” Now we have demonstrated that we are good teachers, so we carry more weight and can have our voice heard. In all of the meetings, each Monday, we are the ones who raise our hands and fire off comments. I believe that will bear fruit. Things are changing very slowly, but at least we are planting small seeds with the students that will sprout at some moment. They are going to be the revolution in the high school.

JG: I believe that in three more years a student in my advisory will be a leader proposing that the high school students go on strike. The kids are going to be the ones carrying the torch of political protest inside the school because they are children who already have a culture of civic participation and an awareness of their conditions.

Last year we simply questioned. This year is dedicated to transforming. This new generation of teachers—because in one way or another, we are a new generation—is going have more sway than last year. We have more friendships. There are more supportive networks. They will be pushing with us.

I once had a teacher who would say, “La revolución se hace del aula.” The revolution is made in the classroom. Go to the marches, but return to class afterwards because you are educating. It is an idea that I still hold.

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Daniel Bergerson is a full-time student teacher in the Barnard Education Program at Columbia University. He plans to teach high school social studies in his hometown of of Minneapolis, Minnesota. You can follow him on Twitter @DanielBergerson and read more on education, history, and labor at The Dandruff Report.

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